La Gran Mezquita de Yenné

Gran Mezquita Yenné

Aunque la fama la acapara Tombuctú, hay un rincón de Malí que resulta igual de fascinante o incluso más, si se visita en la época adecuada: la ciudad de Yenné.

Se trata de un enclave situado en la región de Mopti, en el centro del país, cerca de la confluencia de los ríos Bani y Níger, ubicación ésta que es la que otorga al lugar una de sus bazas principales: la de pasar de ser una urbe en una llanura a verse convertida en isla cuando llegan las lluvias y la crecidas del Níger la rodean de agua.

Yenné tiene un espléndido casco histórico a unos 3 kilómetros que también se transforma en isla. Llamado Yenné-Yeno, fue construido hace dos milenios -es el más antiguo de África occidental-. También la Gran Mezquita hecha de banco, una especie de adobe local fabricado con barro, paja y aceite, con las características vigas de madera de la estructura que parecen brotar de las paredes y las no menos típicas formas redondeadas.

Su construcción se debe a una casta nómada denominada baris. Lo paradójico de los baris es que eran analfabetos, centrando sus únicos conocimientos en aquella personal arquitectura que ni siquiera diseñaban; decían que les bastaba soñarla, según los cantos que se oyen sobre ellos. El caso es que en 1240 levantaron la mezquita original por orden del sultán Kol Konboro, que se había convertido al Islam, y posteriormente se reedificó en 1896 sobre sus restos, de ahí que apenas sobrepase el siglo de antigüedad. No obstante, cuando se instala el mercado tradicional ante sus puertas el tiempo parece detenerse y retroceder.

Ello no hace sino incrementar el interés de este templo de pintoresco aspecto, el mayor del mundo de ese material (5.625 metros cuadrados), cuya iconográfica imagen se basa en las 3 torres rematadas en forma de huevo de avestruz que ocupan la fachada junto a varios pináculos, las citadas vigas de la estructura, que son de palmera, un interior sostenido por columnas y las ventanas con postigos de madera labrada y cerrojos de hierro forjado.

No obstante, la supervivencia de la mezquita sólo se garantiza gracias a los cuidados constantes de los ciudadanos, pues las lluvias y la erosión desgastan el edificio -de ahí las formas redondeadas- y es necesario renovar la capa exterior de banco periódicamente. Experimenta así una especie de renacimiento con cada estación, dotándola de un aura poética. No extraña que se la haya hecho justicia declarándolo Patrimonio de la Humanidad (junto con el casco histórico) en 1988.

Foto: Andy Gilham en Wikimedia

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